jueves, 24 de noviembre de 2016

Alma

     Emprendí un viaje hacia mi alma hará unos días. Todavía me encuentro en ella, perdida en un punto del infinito, y, a veces, me sorprendo acariciando los restos de alguna ruina o algún cristal que antaño fue una ventana. Y no hay cielo ni suelo ni nada material ya. Ni es un fondo negro ni uno blanco. Tampoco hay ruinas ni cristales, pero los siento, porque me llega su tacto. Y claro que me corto, claro que sangro y claro que me atraviesa alguna ráfaga de soledad. Pero ya es algo ajeno.

     Mi alma ya sólo es un vacío, pero no un vacío hueco; ya no hay cosas en ella, pero sí queda lo que antes fue. Se siguen escuchando ecos de miedo y de soledad, también algún gemido entre lágrimas y alguna nota de indiferencia. En algún tramo escuché sonrisas y amor y bajé una escalera de promesas que desapareció nada más bajar el último escalón; sentí la presencia de un cartel que se hacía llamar infancia y no tuve más remedio que entrar para salir apenada. Dormí durante un tiempo indefinido en un lugar lleno de cojines y soñé que escalaba una montaña formada por mis miedos y atravesaba un oasis en medio de un desierto con el nombre de mis lágrimas.

(Fragmento de octubre, 2016)

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