viernes, 4 de noviembre de 2016

Rutina

    Me despierto como todas las mañanas, apagando la alarma de las siete menos cinco y escuchando el inicio de Holes de Passenger. A continuación, el típico «Venga, un poco más» y vuelvo a meter un pie dentro del sueño.

    Tras cinco minutos de semioscuridad, llega Don't Cry de los Guns N' Roses, anunciando que ya son las siete de la mañana. Ahora, cómo no, viene el «Todavía es pronto, puedo dormir un rato más». Así hasta que 7 Years de Lukas Graham coge el turno a las siete y cuarto, diciéndome que ya es hora de levantarse y empezar el día.

    Cojo la ropa que está a mi derecha; colocada allí todas las noches, antes de acostarme, para no tener que levantarme descalza y abrir el armario por las mañanas. La dejo sobre las sábanas y echo mano al desodorante, nunca de spray, que es malo para el medioambiente. Mientras que se seca, tomo la decisión de ponerme los vaqueros medio tumbada. Con cierta dificultad, claramente. Después el sujetador y, finalmente, la camiseta.

    Me levanto de la cama, tropezando con la mochila que está en el suelo. ¿Confirmamos que sigues durmiendo? Sí, ¡confirmamos! Abro la puerta de mi habitación y enciendo la luz automáticamente. Voy directa a la cocina, recorriendo la L que forma el pasillo para torcer a la izquierda y empezar a buscar las cosas para calentar la leche. Primero el cazo pequeño seguido de la puerta de la nevera, para finalizar con la leche semidesnatada y un encendedor largo. Después, cojo la única taza que uso y una cuchara y abro el bote de Colacao. Dos cucharadas, como siempre o desde que empecé a tomar leche. No, nunca me gustó la leche ni tener que calentar algo con fuego, pero lo prefiero al microondas que lo asocio con explosiones.

    Mientras se calienta la leche, voy preparando el almuerzo. Sandwich y zumo, como de costumbre. Luego, echo la mitad de la leche en la taza y remuevo la cuchara hasta que consigo un marrón más o menos uniforme y la lleno con el resto de la leche. De repente, empieza a sonar Let it go de James Bay. Siete y media.

    Cojo la taza y bebo un poco, notando el calor en mi lengua y el suave sabor a Colacao. Con la otra mano, cojo el almuerzo y voy de nuevo a mi cuarto. Dejo todo sobre la mesa y me encamino al baño para normalizar un poco mi aspecto y vaciar mi vejiga, que cada mañana tiene la mala costumbre de querer llamar mi atención.

    Más decente, vuelvo a mi habitación y, de nuevo, un trago de Colacao. Luego, la crema hidratante, los zapatos, un trago de Colacao, la chaqueta, otro trago de Colacao, el peine, el archivador, la mochila y la taza entera. Corriendo, la dejo en el fregadero y, ya con todo, me miro en el espejo.

    Abro la puerta y miro la hora. Las siete y cuarenta y seis. Sonrío. Como siempre. Me pongo los auriculares y empiezo a bajar las escaleras. Salgo a la calle, claramente vacía, y alzo la cabeza para mirar al cielo.

    Vuelvo a sonreír.
    Otro día más, otra oportunidad, otro buen comienzo.

    Buenos días, vida.


1 comentario:

  1. Llegó un momento en que dejé de asociar mis canciones favoritas a los despertadores que me mueven por las mañanas. Resulta que a veces ejercían el efecto contrario y me arrastraban aún más en el sueño. Ahora mis alarmas son canciones que quiera o no, me despiertan. Es la vida, ya ves.

    Parecerá tonto, pero me alegra ver que retomas el blog, hacía mucho tiempo que no se sabía nada de ti por aquí. Espero que lo tomes como rutina, aunque quizá yo no sea el más indicado para decir eso. Igualmente, que vaya bien.

    Un saludo.

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Que la luna te acompañe.